Entre ramas y hojarasca

Miravoz de la poesía de El Príncipe de los Mirlos

Con la abuela Carolina


En las tardes de diciembre
junto al fuego, en la cocina,
todos juntos se entretienen
con la abuela Carolina.

Ella amasa mil recetas
de dulce aroma a rosquillas
que su abuela le enseñó
cuando sólo era una niña.

Mientras tanto cuenta historias,
toda ella llena de harina,
de tristes guerras, amargas,
que ella, con penas, olvida.

Y de un salto la rodeo
y ella ríe y se arrodilla
y con luz en su mirada
me da un beso en la mejilla.

Pasa rápido el invierno,
diciembre viaja deprisa,
mi abuela llena las tardes
con su olor a manzanilla.

Enero


Era sábado de tarde
cuando un ruido me asustó;
un chasquido, en una rama,
hizo temblona mi voz:
-¿quién se esconde? ¿quién se agacha?-
mientras tanto dije yo.
Y un pequeño petirrojo
hizo sonar su canción.

Me quedé allí agazapado,
y en silencio me miró,
entornando su cabeza
picoteando alguna flor.

Miró atento al sol dormido,
giró todo alrededor,
movió las alas contento
y con su cola bailó.

Hinchó todo su plumaje,
saltó alegre y se estiró,
se acercó hasta mi sonrisa
y hasta un ojo me cerró.

Me quedé feliz sentado
con la higuera y mi bastón,
y el petirrojo saltando
poco a poco se alejó.

Esa tarde, aquella brisa,
la luz de enero, aquel sol.
Y supe desde aquel día,
que el petirrojo era un dios.



Se puso a llover


Se puso a llover en el bosque cuando alguien gritó: -¡no me mojes! -.
¡Qué mal humor! ¡Qué carácter! Tanta elegancia y ¡qué embarque!
Bajo un llantén, tembloroso, un caracol se cobija
y seca angustiado las gotas de su americana amarilla.
-Este tiempo está revuelto, nadie lo puede entender.
Cuando no llevo paraguas siempre se pone a llover.
¡Estas nubes ya me hartan, nunca se ponen de acuerdo,
que esta americana mengua y de mi abuelo es un recuerdo!


Ópera en la charca


Con trompetas, los narcisos,
anunciaron un gran baile
y de danzas de vilanos
se inundó todo aquel aire.

Se llenó el cielo de velos,
y las ramas de bengalas
y faroles de agujeros
con polillas que asomaban.

Se cubrieron los senderos
con alfombras de oro y gasa
y butacas de hojas verdes
del fulgor de haya sagrada.

El río guardó silencio,
se calzó musgo en sus aguas.
Las arañas y cigarras
también llegaron descalzas.

Fue entonces cuando una sombra
tiñó de púrpura el bosque.
Sonaron violas y tubas
clavicordios y tambores.

Y el Príncipe de los Mirlos,
el señor de aquel paraje,
esparce con su elegancia
reverencias para el baile.

Dentro del bosque



He visto una charca
dentro del bosque
con olor a incienso
y juncos de cobre.
He visto mil ranas
con trajes de pana
y sapos cantando
por arte de magia.

Entre ramas y hojarasca,
en un cómodo agujero,
mil púas sueñan serenas,
sueños de otoño e invierno.

Ya bailan las cañas de este roble anciano,
ya bailan sus hojas la danza de antaño.
De liquen su traje, su capa de escarcha,
sombrero y tirantes: ¡canta, mirlo, canta!



Siesta de gatos


Tardes en calma,
siesta de gatos
sobre cojines
de musgo blando.
Tardes serenas,
se está nublando,
caen cuatro gotas,
corren los gatos.


Nuria y la nube


Como en cada despertar
Nuria salta de la cama,
se pone sus zapatillas
y se asoma a la ventana.

Y allí está, como es costumbre,
sentada sobre una brisa.
Su amiga la nube espera
y Nuria la ve y le grita:

-¡Buenos días, buena amiga!
¿Cómo has pasado la noche?
¿Has podido regresar
a jugar al horizonte?

Y la nube cuenta historias
de bellos viajes con alas.
Se convierte en un velero,
luego en una bella barca
que las lleva por el cielo,
riéndose a carcajadas.

Y Nuria le cuenta sueños
al frío de la mañana:
que si un monstruo y una cueva,
y una bruja con su escoba,
que entre pócimas y guisos
juega a ser bruja famosa.

Mientras tanto, en la cocina,
apurada entre unas tazas
la madre de Nuria piensa
un tanto desesperada:
-Hija mía, no te duermas,
ya estás como de costumbre
riendo y hablando sola,
soñando con esa nube.

Y la niña, entusiasmada,
cuenta historias a su amiga,
algo de un circo de rayas
siendo ella trapecista
en trapecios de cristales,
de cobre y plata muy fina
y amarradas a unas cintas
bandadas de golondrinas.

Pasarán muchas mañanas
Nuria y la nube, su amiga,
y sin darse a penas cuenta
pasará a pasos la vida.

Llenarán cestos de viajes,
Calderos de sueño y brisas,
Y el viento será testigo
De su amor y de sus risas.



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